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Mayores y tecnología

Fanyang China - Pixabay (CC0)Un par de artículos recientes tratan el uso de dinero en metálico en países como Suecia y China, su evolución hacia sociedades mayoritariamente cashless, y el problema que puede representar de cara a un estrato sociodemográfico, las personas mayores, con posibles dificultades de cara a la adopción de una nueva tecnología que puede llegar a resultar confusa o generar incertidumbre en su uso.

En el caso de Suecia, sobre la que escribí hace ya algunos meses, los billetes y monedas representan ya únicamente un 1% de la economía, muchos comercios se plantean dejar de aceptar dinero en efectivo, la mitad de las sucursales ya no aceptan depósitos en metálico y muchas están eliminando progresivamente cajeros automáticos por falta de uso, e incluso hay personas que se implantan chips en la mano para poder utilizarlos como medio de identificación y pago. En jóvenes de entre 18 y 24 años, el 95% de las transacciones se llevan a cabo con tarjeta de débito o mediante Swish, una app convertida ya en verbo de uso habitual. El gobierno está incluso planteándose poner en circulación una moneda digital, la e-krona, con soporte oficial. En el caso de China, el uso cada vez más ubicuo de apps como WeChat como medio de pago se convierte en un desafío y una fuente de confusión para muchas personas mayores, y se llevan a cabo incluso campañas de voluntariado para introducirlos en el uso de la tecnología.

Los factores en juego son evidentes: eliminar el dinero en metálico supone, por un lado, un mayor nivel de control y trazabilidad (con consecuencias interesantes para el usuario y potencialmente amenazadoras para la posible monitorización por parte de terceros como las empresas privadas, o el propio estado), y por otro, una supuesta seguridad mayor. Las personas mayores son mayores, no necesariamente tontas o torpes, pero indudablemente, la evolución hacia  medios de pago completamente electrónicos puede provocar cierto nivel de confusión o inseguridad.

La clave, como siempre, está en la educación del usuario, mediante elementos como las campañas en medios, el voluntariado o la difusión de las posibilidades de la tecnología. Los medios de pago electrónicos pueden resultar enormemente sencillos a nivel de procedimiento, pero suponen un cambio de hábitos muy profundo para personas acostumbradas a la tangibilidad y visibilidad del dinero en metálico. Muchas personas mayores, de hecho, renuncian voluntariamente al uso de una tecnología mucho más antigua como la tarjeta de crédito, en muchas ocasiones alegando no tanto una dificultad de uso que se encuentra ya bastante normalizada en muchos países con índices de bancarización elevados, sino más bien preocupaciones asociadas con la falta de control del gasto. Lo mismo ocurre con los cajeros automáticos que llevan décadas en nuestras calles: un cierto porcentaje de personas mayores no solo no se encuentran cómodos o tienen problemas intentando utilizarlos, sino que incluso consideran prácticamente una ofensa que para determinadas operaciones habituales, los empleados de los bancos los remitan a ellos.

¿Qué ocurre cuando evolucionamos hacia la eliminación de un soporte todavía físico como la tarjeta de crédito, y nos encaminamos hacia el uso del smartphone? Por supuesto, hablamos de estereotipos, con todo lo que ello conlleva: existen personas mayores que utilizan sus smartphones de manera perfectamente habitual para numerosas tareas, o que hacen uso de las opciones de accesibilidad para hacer frente a limitaciones en la visión o en otros sentidos. Hablamos de dispositivos con múltiples posibilidades en sus dinámicas de uso, de manera que en la mayoría de las ocasiones, la falta de adopción suele tener que ver más con el desconocimiento o con la falta de costumbre que con una limitación real. Para una persona mayor, disponer y utilizar con regularidad un dispositivo como el smartphone e internalizar el cambio de concepto que supone no usarlo simplemente como un teléfono, sino para otros usos por todos conocidos – incluyendo el de medio de pago – puede llegar incluso a suponer una ventaja en muchos sentidos. Pero obviamente, todo ello debe partir de iniciativas que tengan en cuenta que aunque la tecnología tiende a evolucionar para reducir cada vez más sus barreras de entrada, algunas de éstas no son necesariamente barreras reales, sino el efecto de patrones culturales arraigados durante muchos años. Otras variables, como el nivel cultural o el hecho de vivir en entornos rurales frente a urbanos, juegan también un papel importante en la velocidad y agilidad de estos procesos de adopción. Y obviamente, a partir de la generación que se incorporó a la tecnología en edades más tempranas, el problema tiende a disminuir, y las resistencias suelen provenir más de otros factores como la pérdida de privacidad.

¿Qué pasa a partir del momento en que el uso del dinero en metálico se convierte en residual y minoritario, cuando las tiendas o los bancos dejan de aceptar monedas y billetes, o cuando incluso los cajeros automáticos desaparecen porque su nivel de uso disminuye hasta que se convierte prácticamente en antieconómico llevar a cabo su mantenimiento rutinario? ¿Es la adopción por parte de personas mayores un escollo insoluble y conlleva necesariamente una marginalización de un estrato importante de la sociedad, o puede paliarse hasta niveles razonables que reduzcan la exclusión mediante campañas y acciones de educación adecuadamente diseñadas?

 


Enrique Dans

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